Cambios.
Del olor de los libros y el ruido que hacen las hojas cuando las pasamos.
La de estupideces que hacen los humanos.
Por suerte él ya empieza a aprender de los perros, que con un par de olisqueos saben si algo merece la pena o huele a culo.
Camina a cuatro patas.
Cualquiera con dos dedos de frente se habría dado cuenta de que, por muy complicado que pueda parecer al principio, así es más difícil perder el equilibrio.
Si se tropieza con una pata siempre le quedarán tres más, y eso es el triple que lo que tendrán el resto de los que aún caminan erguidos.
Y ¡ay!, si por alguna incomprensible razón finalmente ocurriese, Dios no lo quiera, estará más cerca del suelo y la caída será más suave.
Salvo si cae de un sitio muy alto, claro.
Pero bueno, tal vez otro día hablemos de gatos.
La cuestión es que me gusta observar cómo avanza…
Despacio, y es que no sabe muy bien a donde le lleva el camino, pero seguro de cada paso que da…
